Miedo constante

Siento permanentemente miedo de equivocarme. En el ámbito psiquiátrico confluyen constantemente situaciones de doble filo, que para mí ponen en cuestión lo que creo y la imaginación sobre lo que se espera de mí, desde un paradigma que no comparto pero que me obliga, en mi situación de estudiante en prácticas, tal vez, dentro de una situación en la que carezco de autonomía y en la que finalmente, más allá del discurso comunitario, en realidad el modelo biomédico es el hegemónico.

Elaboro una y otra vez, rememorando, mis decisiones y mis posturas. No tengo con quien compartirlas o elaborarlas, excepto cuando llego a casa. Mis hijos y mi pareja son grandes interlocutores. Me escuchan y me ayudan a poner en palabras mis dudas. Ese soporte emocional es invaluable, sin embargo, cuando tengo que asistir al lugar de trabajo, vuelvo a sentir un hueco hondo en el vientre, una sensación de estar en peligro de ser vetada, o rechazada, de decepcionar, de ser apartada… y por supuesto, mucho peor que todo eso, el miedo de afectar a otro, especialmente al más vulnerable. Actúo desde mi ética, que es la de creer en el ser humano por sobre todo, y me encuentro con que el rol asignado al clínico, basado en la presunción de enfermedad, tiene otros principios: cuidar al que no puede cuidar de sí mismo, contener el despliegue del mal. Son dos filosofías en conflicto. Nunca había experimentado esto, esta pequeñez, esta fragilidad y este riesgo de pecar de naif. Una hermosa persona que he conocido en este contexto me supo decir un día, y le agradezco: «no eres ingenua, eres buena, no estás entrenada para esto».

Me doy cuenta y aprecio la maravillosa «cancha» de juego que me dio la vida al entrar al mundo del desarrollo personal y al poder facilitar y acompañar personas en el paradigma humanista. Solo con escribir al respecto mi sensación interna se mueve y puedo respirar. Un poco. Porque mañana volveré, a este sitio donde he dejado de sentirme recibida y útil, para empezar a sentirme un estorbo por no ser capaz de integrarme y seguir sus lógicas de control. ¡Y tal vez tengan razón, y yo sea sólo una ignorante!

El Pato y la Yoli, dentro

Mi corazón está habituado a latir así. Es lo que más conozco de mí, o aprecio de mí, esta sensación de que lo que está ocurriendo es único e importante. Siento la vida en cada uno de esos instantes como si de cruzar un puente colgante sobre un altísimo abismo se tratara: excitante, peligroso, demandante, maravilloso, único. Y cruzo, paso a paso, despierta, con energía, con entrega.

Llego a mi casa y está mi marido para escucharme. Y en la narración, revivo los momentos del día y desde esa distancia se fortalece mi impresión de que es un regalo cada breve momento de encuentro con el flujo de movimiento del proceso vital de ese otro que está frente a mí. Los ojos de esa niña que hoy me miran. El cuerpo de ese joven que comienza como un garabato, desparramándose, y que tras el trabajo está frente a mí, esbelto, erguido, y solo falta que sus ojos se levanten y enfoquen. Ay, cómo se siente cuando finalmente me miran. Un don, este. Y al sentir esto, se viene la imagen del Pato Varas, su rostro, su adustez, su sonrisa, sus ojos. Su abrazo, que me sostuvo. Amigo, maestro mío, existes en mi recuerdo. ¡Cuánto te agradezco que hayas sembrado en mí la capacidad de estar abierta para conectar con la persona!

Viene mi madre, de inmediato —la forma en que está viva, vivísima, saltando de aquí a allá, con ojos chispeantes y sonrisa amplia y acogedora—. Mi madre. Dos son mis maestros: Pato Varas y Yolanda Suárez. Y está allí, detrás, la constelación de inspiradores terapeutas: Ron, Donna, Fritz, Pat, Gene, Ann, Alexander, Richard, Arnold, Carl, Carl, Donald… Pero están detrás, o arriba, etéreos. En cambio, el Pato y la Yoli están dentro mío, saltan, miran y abrazan desde dentro de mi cuerpo y solo puedo agradecer el don de su amor.

Notas para elaborar

Ejemplo de la necesidad de coregulación:
Niño objeto de más y más comentarios, mujeres expresando inquietud y malestar, psicóloga escuchando y buscando respuestas, enfermera que alza la voz y conmina al niño…
Conduce a
Niño agitado lanzando pelota, mujeres alzando la voz, psicóloga sin respuesta, enfermera imponiendo orden en alto volúmen

Hiperexcitación del grupo

Intervención: Hablo en voz suave y llamo a ponerse en el lugar del niño. Aprecio la firmeza de la voz de la enfermera y le digo que no es de ayuda, ahora. Bajar la excitación. Producir seguridad.


Jugar a hablar jerigonza entre las cuatro, M, M, asistente, y J, ¡conseguir que el niño se integre al grupo de yoga!

Es tanto lo que me mueve. Ganarse «el pan» con el sudor del alma.

Tercera semana con sesiones de consciencia corporal y psicodanza. En la sesión de la semana pasada, con música de Camille, soñaba-danzaba con acunar una bebé-nube gigante, a la que mecía y sostenía bailando, y luego se convertía en una bebé-nube-algodón de azúcar gigante, y terminaba recuperando su tamaño de muñeca, y finalmente siendo mi hija a sus cuatro años, a la que podía sostener como adulta, por fin. Una sanación para mi corazón. También tuve mi primer encuentro directo con la esquizofrenia (eso merece una elaboración completa, queda pendiente).

Hoy, tercera sesión de psicodanza, la pista del Circo del Sol me transportó completamente. Hice psicocalistenia primero y luego, en la psicodanza, facilité la conexión con figuras soñantes, admitiendo que en muchos casos los participantes se inspiran en mis movimientos. ¡Todo lo que ocurre cuando danzo con el otro!

Es tanto lo que voy experimentando que no alcanzo siquiera a registrarlo. Vienen por ráfagas: ideas, análisis, sentimientos, deseos… Soy consciente de ellos, los observo, me movilizan, e inmediatamente son sucedidos por otros, más y más.

Me baño al volver. Me visto cómodamente. Me pongo todas las cremas y lociones, y me acuesto. Y gimo. Eso es lo que necesito. Pero no alcanza a salirme todo el llanto que tengo dentro: sé que es como el deseo de llorar a gritos. No es que tenga dificultad para llorar a gritos, normalmente, sin embargo ahora no acaba de salir. Pero gemir es bastante, me siento satisfecha y descansada, y me levanto para ir a trabajar. Al bajar encuentro a mi hija, la abrazo, y ahí me salen unas lágrimas y un temblor que mueve el pecho y la espalda alta. El abrazo abre el llanto, lo facilita, como si llorar sostenida o sosteniendo a otro fuera la única manera de llorar.

Cosas que me dan vueltas:
El conflicto con la definición del usuario inimputable. Se supone que es un usuario como los otros, pero flota sobre él un estigma de delincuencia o perversión y produce un trato distinto. ¿Cómo debe ser tratado? ¿Se busca su recuperación o su castigo? ¿Existe el perdón, acaso, o no hay vuelta que darle tras la caída?
Una institución que no está libre de los hábitos corruptos de la sociedad a la que pertenece (y los reproduce) Un lugar en el que quienes pueden, porque pueden, gestionan desde sus conexiones con el poder, medrando del Estado, un lugar menos malo para sus parientes «desordenados», evitándoles el precio de la consecuencia de sus actos, y con ello, ocupan un lugar que podrían necesitar otros en mayor necesidad.
El trecho, la diferencia y la semejanza entre el justo y necesario servicio comunitario —que debe ser entendido y aprovechado como un espacio de crecimiendo y maduración para la vida en comunidad— y la terapia ocupacional —que debiera por principio ser una actividad de libre elección—.

Estoy dispuesta

Es extraña esta sensación que estoy experimentando. Lo más notable es un apretón en el centro del pecho. En primera instancia diría que es como un puño, pero no es exacta la descripción. Me voy a quedar con eso: un apretón, combinado con unas ganas de llorar. Imágenes como de futuro. Siento que he llegado a un lugar al que pertenezco, que me corresponde, donde hay lugar para mí, que me está esperando… no sé.

Me bullen ideas sobre lo que puedo hacer, sobre lo que puedo dar. Haciéndome café en la mañana, derramé el café en la plancha de cocina. Me quedé un rato dudando. ¿Lo recojo o paso el trapo y limpio? Terminé levantando la rejilla y recogiendo con las puntas de los dedos el café derramado. Y he pensado en la utilidad de esta imagen, para hablar de la locura. Podría coger una bolsa de caramelos y derramarlos tal vez zafando algunos de su empaque, una bolsa de frijoles secos, una caja de huevos. ¿Ya no sirven, acaso? ¿Los vamos a dejar allí? ¿Son basura?

No voy a abandonar mi cafecito.

Se ha perdido la estructura, sí. Pero la esencia está allí. El trabajo es ordenar, reestructurar. Y ese es el trabajo que quiero hacer.

La próxima semana haré en el hospital psiquiátrico mi primer taller —de yoga, o psicodanza, o consciencia sensorial, o sensoriomotriz— . Y tengo terror. Jajaja. Sí, tengo miedo. Y deseo, tanto deseo. Porque es como si me hubiera estado preparando para esta época de mi vida, como el miedo de una fruta a punto (la canción de Cerati: Yo nací para esto).

¿Cómo se construyó tu noción de sexualidad?

Las nociones de género y sexo se construyen socialmente. Pueden cambiar en cada persona a través del tiempo, a través de cada experiencia y por efecto de las influencias de la interacción social. ¿Cómo se construyeron tus propias nociones sobre tu sexualidad?
Te propongo pensar y responderte algunas preguntas, convertirlas en un tema de conversación, con tus amigas, amigos, tu pareja, tus hermanas y hermanos… Tal vez sea buena hora para explorar cómo se construyeron tus creencias. No te deshagas de la pregunta con una sola respuesta breve. Háztela y plantéasela al otro cuantas veces sea necesario. Deja que las imágenes, las palabras, las sensaciones aparezcan. Hay mucho material para organizar internamente y esta indagación te servirá para entender un poco más cómo has llegado hasta aquí, a vivir y relacionarte con tu cuerpo y el de los demás de esa manera en particular.

¿La dignidad humana consiste en tener secretos? —a propósito de un comentario de G. Steiner—

«Para mí, la dignidad humana consiste en tener secretos y la idea de pagar a alguien para que escuche tus secretos e intimidades me asquea. Es como la confesión pero con cheque por medio».

Al hacer esta afirmación, Steiner se hace eco del dualismo que atraviesa el pensamiento occidental, puesto que en sus palabras hablan de una consciencia racional controlando su mundo interno, y poseyendo un cuerpo. No solo de consciencia, esta afirmación habla de una VOLUNTAD racional. A esta forma de ver al ser humano se apareja una ética que dice «venciéndote, vencerás». La mejor definición de neurosis que puede haber, como nos dice Macías en su conferencia TEDx (https://www.youtube.com/watch?v=0BxyR52BW1M).

rey

Es una ética del autocontrol. Equivocada, sin duda, pero digna a su manera. Volveré a eso más adelante. El conocimiento actual sobre los procesos psíquicos nos muestra que estamos mucho menos conscientemente en control de nuestras experiencias de lo que asumimos comúnmente. Ya no hablamos del inconsciente de Freud —un caldero de deseos reprimidos con sus fuerzas represivas e impulsos poderosos e irracionales—, sino de inconsciente adaptativo. Wilson plantea «una gran parte de la percepción, la memoria, y la acción humana ocurren sin nuestra deliberación o voluntad conscientes». «La visión moderna del inconsciente adaptativo es que una gran cantidad del material interesante sobre la mente humana —juicios, sentimientos, motivos— ocurre fuera de la consciencia por razones de eficiencia, y no a causa de la represión. Tal como la arquitectura de la mente evita que el procesamiento de bajo nivel (ej. Los procesos perceptuales) llegue a la consciencia, así son inaccesibles muchos procesos y estados psicológicos del orden más alto».

Acceder al inconsciente adaptativo es lo que hacemos en la terapia Hakomi. Como dice Kurtz, «La médula de nuestro trabajo, como la de muchas terapias psicodinámicas, es hacer conscientes procesos mentales inconscientes. Hacemos otras cosas también, pero traer a la consciencia acciones inconscientes es posiblemente la mayor parte de lo que hacemos. Todo lo demás depende de ello».

Como buena ex alumna de doce agobiantes años de educación católica, puedo dar fe del estado de rebeldía que nace en el corazón de una persona sujeta al juicio permanente de un otro capaz de calificar (¡¡¡????!!!), aprobar, permitir o negar lo que pueda ocurrir en tu propio cuerpo. Entiendo la rebeldía que nace de sufrir ese régimen. Entiendo la importancia del quererse sentir único poseedor o poseedora de uno mismo.

Pero, ¿quién es uno mismo? ¿Quién realmente manda aquí?

¿Crees, realmente, que cuando guardas un secreto, eres tú, tu pequeño yo, el que lo guarda, soberano? Lamento decirte que no. Hay creencias organizadoras, que no conoces, que te definen y te dan una visión de lo que es el mundo, de lo que eres tú, de cómo pueden y no pueden interactuar el mundo y tú, que además te dicen lo que debes «parecer ser», y por lo tanto, son esas creencias las que administran tus secretos.

¿Crees poseer un secreto? Lo más seguro es que el secreto te posea a ti. Y además, te limita y te reduce a una identidad de la que no puedes salir, que no te permite una serie de experiencias que te son necesarias. Esa pequeña identidad, por ejemplo, ha alienado y te ha despojado de tu derecho a disfrutar, por ejemplo, a cansarte, a recibir ayuda, a mostrarte frágil, por ejemplo, a ponerte primero alguna vez en vez de vivir postergándote, a gritar, a decir que no… ¡A decir que sí!

Finalmente, y tal vez esto sea lo más importante. Ese material doloroso que conservas guardado, solo puede ser ventilado en un lugar seguro. No eres ningún bobo. Si has defendido con uñas y dientes tu secreto, habrán motivos. Tu corazón merece nada menos que un espacio casi sagrado, respetuoso, aceptante, amoroso, libre de interpretación y juicios donde pueda mostrarse entero y vulnerable. Y tu inconsciente, que es más sabio, lo sabe bien.

He tenido la suerte de acompañar tales momentos de revelación y reencuentro. Una persona viene a trabajar algo guardado por más de 35 años. No viene porque sí. No es que se le ocurrió que ya era tiempo. Viene porque no puede evitar, ahora, que sus consecuencias afecten su vida cotidiana. Está rebasado. Una parte suya accede a venir a la terapia, pero una gran parte tiene reservas. ¡Natural! Me tomo todo el tiempo necesario para crear la relación, para lograr la colaboración de su inconsciente, que solo cuando está listo para confiar, lo hace. Hacemos todo lo que es necesario hacer. Es un trabajo de reparación, de comprender lo vivido con más información de la que se tuvo entonces, de resignificación. De perdón. Y ese lugar comprimido, que a manera de hoyo negro consumía energía, al abrirse, deja disponible esa misma energía para explorar nuevos aspectos de sí mismo. Cuando el dolor ha cedido, entramos a un proceso de estudiar las claves de su comportamiento. Avanzamos y en las siguientes sesiones abordamos sueños, formas de interacción cotidiana, síntomas, memorias…

Un día viene y me cuenta que ha empezado a hacer cosas que nunca antes hacía. Le sorprende verse con reacciones diferentes. Con sensaciones diferentes. En la última sesión, todo se reúne. Él se siente como un árbol, plantado en el mundo, frondoso, en paz. Digno.

El trabajo ha terminado. Me siento honrada y conmovida por haberlo acompañado. Nos abrazamos. Voy a atesorar este proceso, el de él, el que él ha hecho para encontrarse a sí mismo.

En la confesión, el creyente acude a un otro, al dueño de la vara que mide la verdad y el bien. En una terapia directiva, el paciente acude a que un otro, en el que deposita la capacidad de tirar la línea entre lo sano y lo enfermo, lo valide y le diga qué hacer.

En la psicoterapia transformacional, la persona acude a sí misma, donde reside su única verdad: lo que su totalidad mente-cuerpo SIENTE que está bien.

Citas para psicoterapia: 099 4981 522 / (02) 2285 545

La psicoterapia contemporánea, de ser «el paciente» a ser el actor del propio cambio —a propósito de un comentario de G. Steiner—

«El psicoanálisis es un lujo de la burguesía. Para mí, la dignidad humana consiste en tener secretos y la idea de pagar a alguien para que escuche tus secretos e intimidades me asquea. Es como la confesión pero con cheque por medio. Es el secreto lo que nos hace fuertes, de ahí todos mis trabajos sobre Antígona, que dice: ‘Puede que me equivoque, pero sigo siendo yo’. De todas formas, el psicoanálisis está en plena crisis. Recuerde usted las magníficas palabras de Karl Kraus, el satirista vienés: ‘El psicoanálisis es la única cura que ha inventado su enfermedad’».

Días atrás, El País publicó una entrevista al filósofo George Steiner, autor de esta cita. Un sujeto brillante. El tono de la cita, rebelde y defensor de la autonomía, por decir lo menos, inmediatamente ganó adeptos y compartires en el carelibro.

El párrafo, per se, me provoca el deseo de iniciar una serie de comentarios, frase por frase. Los iré haciendo. Steiner se refiere en principio solo al psicoanálisis, pero la segunda frase recrea a su manera, el escenario de la consulta psicológica en general. Steiner, ¿está asimilando la psicoterapia en general, con toda su diversidad, a un solo término? ¿O su afirmación es específica al psicoanálisis? No puedo saberlo.

Cabe tomar en cuenta el hecho de que este catedrático y pensador, nació en 1929. Ya habían, para entonces, transcurrido más de 30 años desde la concepción del psicoanálisis, mucho agua había pasado bajo el puente. Dos notables disensiones de la línea de Freud ya habían tenido lugar (Jung, W. Reich), las mencionaré más adelante. Dada la fecha y el lugar de su llegada al mundo, la vida del señor Steiner se me antoja ocurriendo en paralelo con el desarrollo de la psicología moderna, que incluye sin duda momentos oscuros, como cuando es empleada como una herramienta para adaptar a las personas al sistema de producción y de dominación, como también momentos deslumbrantes, como cuando se cuestiona a sí misma y se transforma en áreas cruciales, como por ejemplo, citando a vuelo de pájaro: cuando rechaza la visión de la psique como el oscuro pozo de represión de impulsos y deseos que describió Freud y concibe que en el inconsciente habitan no solo la sombra sino, mayormente, la luz y la sabiduría de algo que rebasa lo individual (Jung); cuando entiende que el ser no es solo su mente, sino uno solo con su cuerpo, y por lo tanto, es en el cuerpo donde reside el carácter, el lugar donde se estructuran las defensas y también las libertades (Reich, Lowen); cuando se pregunta por la necesidad de habitar y trabajar en el aquí y ahora (Perls, Gestalt); cuando pasa de ser una conversación-sobre a ser una experiencia-a-ser-vivida (Grupos de Encuentro); cuando una fracción renuncia a querer ser una ciencia exacta y cambia el paradigma clínico por el pedagógico, y se convierte en un trabajo de acompañamiento centrado en la persona, que ya no será más un paciente, el enfermo, el señalado, y será el cliente, alguien que merece y necesita aceptación incondicional, incluso la que él mismo no aprendió a proveerse (Maslow, Rogers); cuando pasa de ser no solo conversación y experienciación a ser un estudio de cómo se organiza la experiencia, (Feldenkrais, PNL); y ahora, en la punta del estado del arte del trabajo terapéutico, cuando cambia el paradigma y realiza este estudio, el de la organización de la experiencia, de modo holístico y no violento, a través de la interfase mente-cuerpo, evocando en estado de plenitud de consciencia experiencias que le permitan acceder a su núcleo organizador, el que le hace ser cómo es, sufrir como sufre, para cambiarlo y reiniciar su crecimiento detenido en donde así lo elija, en contacto con la parte más grande de sí mismo (Hakomi, Trabajo de Proceso).

En fin. Cada uno a lo suyo. Todas estas búsquedas no tienen porqué ser conocidas o reconocidas por todos. Steiner atestigua lo que le rodea, obviamente y considero comprensible y justo su resquemor, pero también, desinformado. Hay mucho más ocurriendo en la escena.

«El psicoanálisis es un lujo de la burguesía». Claro que sí. Comenzó siéndolo. Continúa siéndolo. Una de las cuestiones que preocupan, no al psicoanálisis sino a toda la psicología clínica es cómo hacer accesible este servicio a los grandes sectores sociales, afligidos aun más por los daños que ocasionan, en sus emociones, en su conducta, en sus cuerpos, sus circunstancias de vida. Líneas de trabajo como la humanística se plantean abordajes efectivos en periodos más cortos. En la terapia Hakomi, que es la que yo practico, los procesos de cambio personal son profundos y transformadores, y requieren probablemente una cuarta o quinta parte del tiempo que tomaría una terapia convencional basada en la conversación y el procesamiento intelectual, como lo es el psicoanálisis y la línea cognitiva.

La forma en que la persona está estructurada afecta toda su vida, la forma en que vive, en que come, en que se enferma, en que tiene sexo, en que camina y toma el bus. Y aun así, sigue considerándose un lujo, prescindible, el detenerse para trabajar, no el terapeuta, ¡uno mismo! en uno mismo.

¡Hay tanto más que comentar! Seguiré. Lo que viene por delante es lo que me pica más.

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Tierra fértil

Jenny es la persona que me atendió con el trabajo doméstico durante siete años, desde que mi hijo Julián tenía ocho. Entre las muchas cosas que apreciaba de ella, estaba lo mágico de sus narraciones. Oriunda de Flavio Alfaro, me contó muchas historias sobre su familia que me maravillaron. Su abuela llegó a cumplir más de 115 años, no recuerdo con exactitud, pero al fallecer llegó a contarse como la mujer más vieja del país. Solían ir «los de la televisión» a entrevistarla.

La historia que más me gustaba era una en la que un demonio se presentaba en una fiesta en casa de su abuela. Tenía la forma de un forastero misterioso. Se coló entre los invitados y quería seducir a alguien o llevarse algo, pero se lo impidieron, la abuela fue quien lo confrontó. Él montó en cólera, y en medio del baile, que seguía, comenzó a golpear el piso con el taco de su zapato. Con cada golpe, la casa toda se estremecía, pero la abuela no dejó de oponerse a la voluntad del extraño. Siguió taconeando, furioso. Poco a poco la gente dejó de bailar, sintiendo la fuerza del enfrentamiento. Luego se hizo todo oscuro. Salieron los invitados. El hombre ya no estaba en el grupo. Al otro día se dieron cuenta de que la casa, de madera y levantada sobre pilares, se había hundido unos 20 cm.

Nunca me di el tiempo de visitar su propiedad, y lo lamento, no llegué a conocer a esta abuela.

Ayer me visitó, mi querida Jenny. Ella había dejado de trabajar para mí y al poco tiempo enviudó, lamentablemente, y recibió una buena suma de dinero. Hizo inversiones, malas y buenas, y terminó siendo la dueña de una casa de varios pisos en el barrio Tarqui, en Manta, que reconstruyó para rentar suites para turistas y manejar una linda cafetería en la planta baja. La tarde del 16 de abril, a las tres de la tarde, estaba limpiando la cocina de la cafetería, y se sentó un momento. De repente, se le vino una preocupación: no había puesto últimamente una vela a su madre, fallecida hace unos diez años. Despidió a su ayudante, quien habitualmente se quedaba atendiendo en la cafetería, cerró y partió para Flavio Alfaro. El terremoto la sorprendió apenas llegada a su finca, descansando en una hamaca.

Al siguiente día, con su hermano, volvió a Manta para ver lo que quedaba de su casa. Todo se había hecho polvo. «Arena, señora, arena. Polvo. No quedó absolutamente nada.»

Las palabras de consuelo solo le hostigaban, me dice. Se hundió en una profunda depresión, lamentando la pérdida. Cuando le pregunté qué es lo que hizo para salir de este estado, qué fue lo que la ayudó a levantarse, mi pregunta obtuvo una respuesta prácticamente literal: me contó que estaba botada en su cama, sola, en su casa de la finca en Flavio, cuando sintió crujir las gradas y luego vio que su mamá estaba de pie junto a ella. Extendió sus manos, la tomó y la levantó diciéndole: «Levántate, tienes hijos, tienes nietos, tienes recursos para vivir. No puedes dejarte morir».

Esta poderosa experiencia la sacudió. Mi amiga no se cuestiona al respecto, sino que acoge su regalo. Mientras conversábamos, después de almuerzo, salimos al patio, y le mostré mi cajón de lombrices. Ella nunca había conocido la lombricultura. Le hice oler el humus. Le expliqué que es el abono más fino que hay. Ella se asombró, y me dijo que había tenido un sueño, pero que era tan absurdo que no le prestó atención, y lo había olvidado. En el sueño, ella me visitaba. Entrábamos a lo que había sido, en mi casa antes de la reconstrucción, la bodega. Yo hundía mi mano en el suelo, tomaba un puñado y se lo mostraba. Era una tierra negrísima. Yo le decía que era un abono perfecto. Ella se admiraba, con valoración, pero luego me decía: «Qué bueno, Verito, pero cómo es posible? Si la base de su casa es solo relleno, escombros?»

Ahora que hago abono en mi patio, para Jenny su sueño cobra sentido. Pero hay algo más, para mí, en el regalo del sueño. La bodega de la que ella habla, es ahora el lugar de la consulta de mi esposo, sobre la cual se alza, en segundo piso, mi consulta. El sueño narra un proceso desde el cual, el fundamento del sitio oscuro donde solo hay escombros se torna tierra fértil. Esto tiene mucho significado para mí, ligado al espacio donde, día a día, asisten tantas personas a terapia.

Quise compartir esto, honrando una vez más a Manabí y a la gente sabia, de corazón tan grande, como la Jenny, que encuentran el modo de reconstruirse a sí mismos. Yo me echo las flores de la crianza de mis hijos, y hoy pienso en que durante siete años, esta persona estuvo con ellos mucho más que el Adolfo y yo. Sus huellas tendrán.

Citas para psicoterapia: (02) 2285 545  – 099 4981 522

Cuando el abusador satisface alguna carencia afectiva en el niño

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Alrededor de los 50 o 60, el tema del abuso sexual infantil era visto como una amenaza externa: «el viejo pervertido» merodeaba. Los abusadores eran vistos como malvados desconocidos que usaban la fuerza física para dominar al menor y violentarlo hacia la actividad sexual.

Hacia los 80, la realidad nos mostró que el abuso sobre todo ocurría en el ámbito intrafamiliar, perpetrado por un pariente —padre, padrastro, tío, abuelo, madre… Por difícil que fuera de aceptar, esta comprensión representó un avance significativo hacia enfrentar el estado de negación de nuestra sociedad. Pero esta batalla no ha terminado. Hay una voz en la sociedad que insiste en retroceder al concepto del «extraño peligroso».

Muchas campañas de prevención dan por hecho que la actividad sexual es no deseada, y que el niño, potencial víctima, debe aprender a decir no, gritar, y contar lo ocurrido (pienso en los silbatos que ahora se regalan como arma de defensa). Este recurso es válido y puede funcionar contra un extraño, o contra un miembro de la familia directamente rechazado.

¿Qué pasa con el caso, tan frecuente, en el que el niño o niña, en una situación de desatención, ha establecido lazos afectivos con su abusador, que es alguien de su entorno? Hay niños que son seducidos progresivamente con señales de cariño y cuidado que les son, en su momento, indispensables. Prendido de esos gestos amables, el menor se ve en una disyuntiva insoluble, porque entremezclado con aquello que se siente desagradable, o que francamente le repugna, hay algo que aprecia y necesita pero no lo puede explicar. De alguna manera, se siente cómplice de la situación.

Los niños que son seducidos o los que participan activamente en su victimización, con frecuencia se sienten culpables y se reprochan a sí mismos por no haber hecho lo que se suponía que hicieran: reconocer, resistirse, reportar. Cuando las personas hacen algo que saben que no debían hacer, tienden a no decirle a otros lo que pasó y  mienten cuando se les pregunta. Estas víctimas, seducidas y  manipuladas pueden también sentir necesidad de describir su victimización de una forma que sientan como más aceptable, por supuesto, distorsionada, que les alivie de su vergüenza y su sensación de culpa. La mayoría de casos de explotación sexual en niños, con excepción de la prostitución infantil, implican abusadores conocidos que rara vez aplican la fuerza física sobre sus víctimas.

Prevenir la victimización sexual por parte de conocidos adultos es un desafío más complejo de implementar. ¿Cómo adviertes a un niño o a una niña acerca de que el abusador puede ser su profesor, entrenador, sacerdote, terapeuta, su mejor “amigo grande”, ¡su tío preferido!, cuyas únicas características distintivas serán que —probablemente— lo tratará mejor que muchos adultos, escuchará sus problemas y preocupaciones, y llenará sus necesidades emocionales y de contacto físico? *

El hecho de que el abusador provea al niño de algo que viene a ocupar el sitio del afecto, atención y contacto faltantes, no justifica lo injustificable, no aminora el daño, y de ninguna manera culpabiliza al niño. El niño nunca ha tenido la posibilidad de elegir. Se le ha arrebatado todo su poder. La persona que, debiendo ser la que cuida,  falta a la confianza otorgada, y utiliza la vulnerabilidad que le abre paso, atenta en todos los niveles contra la dignidad de su víctima, trastorna el desarrollo de su sexualidad, y lo sumerge en la verguenza y el secreto.

El abuso deja huellas profundas en el desarrollo de la sexualidad de la persona, en su forma de interactuar con el mundo, con su pareja (si la establece), y con su propio cuerpo. Muchas personas, víctimas del abuso por parte de conocidos, necesitan entender cómo sus propias necesidades les impidieron, entonces, decir no, gritar, contar; y cómo el no haber contado o no haber sido protegidos es un peso con el que cargaron a lo largo de su vida.

Es un tema que requiere acompañamiento terapéutico, para el reconocimiento, la expresión y la reconciliación, a partir de lo cual, el o la sobreviviente tiene la oportunidad de reemprender el crecimiento de un área fundamental de su vida.

 

*Lanning, Kenneth (2010) Child Molesters: A Behavioral Analysis, Fifth Edition. National Center for Missing & Exploited Children